
Fidel Castro (Havana, 11.07.2014) Source: www.kremlin.ru
El centenario del nacimiento de Fidel Castro, el 13 de agosto de 2026, ha reactivado con fuerza las narrativas oficiales que intentan convertir al dictador en un mito intocable.
Frente a esa operación propagandística, el conjunto de testimonios, reportajes y artículos aquí reunidos desmonta la leyenda del “líder revolucionario” y restituye la memoria de las víctimas. Desde el relato detallado de Sebastián Arcos sobre el asalto al Moncada —que demuestra que Fidel nunca se “perdió” y que la versión heroica fue fabricada— hasta la exposición del lujo oculto de Cayo Piedra y el cuestionamiento de si el castrismo puede siquiera considerarse una filosofía, estos materiales constituyen un acto de resistencia documental.
La significación de estos contenidos radica, en primer lugar, en su capacidad para confrontar el culto a la personalidad que el propio Castro negó cínicamente en la entrevista de Playboy de 1967 y que, sin embargo, impregnó toda la vida cubana. Artículos como el de 14ymedio releen aquellas respuestas y revelan cómo el dictador vendió una imagen de modestia mientras construía un poder absoluto y reprimía a homosexuales, disidentes y cualquier desviación del “hombre nuevo”.
Al mismo tiempo, las denuncias sobre Cayo Piedra y el análisis de la personalidad sin límites de Castro muestran la hipocresía de un régimen que predicaba austeridad mientras la élite disfrutaba de privilegios ocultos.
En segundo lugar, el material adquiere un valor reparador al insistir, como hace Matías Jove en Libertad Digital y John Suárez en Diario Las Américas, en la necesidad de recordar a las víctimas antes que al verdugo. Fusilados, presos de conciencia, Damas de Blanco, balseros ahogados, médicos esclavizados, jóvenes enviados como carne de cañón y millones de exiliados aparecen aquí no como cifras abstractas, sino como el reverso inevitable del centenario.
Al oponer la figura de Celia Cruz —artista libre que pagó con el destierro y la prohibición de su música— a la de Castro, se ofrece una alternativa simbólica de cubanía basada en la dignidad y no en el miedo. Esta operación de memoria es esencial para la resistencia: sin ella, el totalitarismo sigue imponiendo su relato total y convirtiendo el olvido en complicidad.
Finalmente, no se trata solo de conmemorar un centenario: se trata de impedir que el mito se consolide y de afirmar que la verdadera historia de Cuba no es la del dictador, sino la de quienes padecieron y resisten su legado.
100 años de Fidel Castro: hay que recordar a sus víctimas
El totalitarismo, ya se sabe, necesita narrativas totales, ingentes dosis de propaganda y mitos incuestionables. Lo diferencial del totalitarismo cubano es, sin embargo, la incondicional colaboración de la izquierda internacional –muy especialmente la europea– que una y otra vez ha callado para convertirse en cómplice de uno de los proyectos más destructivos del último siglo.
Se cumplen 100 años desde el nacimiento de Fidel Castro, responsable de transformar la perla del Caribe en una isla prisión, que tantas vidas ha destrozado dentro y fuera de sus fronteras.
Lamentablemente las víctimas de Fidel no serán tan recordadas en estos días. Y son muchas. Es necesario recordar a modo de desagravio:
A los fusilados, asesinados y ejecutados extraoficialmente en nombre de la revolución.
A los camaradas revolucionarios traicionados y caídos en desgracia.
A los encarcelados y presos de conciencia que han fallecido en sus cárceles.
A las Damas de Blanco, mujeres, hijos y familiares de los condenados a décadas de prisión.
A los reeducados en aquellas Unidades Militares de Apoyo a la Producción concebidas para homosexuales, católicos y desviados.
A los ahogados o engullidos por tiburones mientras trataban de escapar de la isla en improvisadas embarcaciones.
A los millones de exiliados que tuvieron que abandonar su país para no volverlo a ver.
A los miles de jóvenes cubanos usados como carne de cañón en aventuras militares en medio planeta.
A las legiones de médicos cubanos explotados en decenas de países bajo acusaciones globales de esclavitud moderna.
A los condenados a muerte como chivos expiatorios para encubrir los vínculos del castrismo con el narcotráfico.
A los muertos por las invasiones de drogas concebidas como un arma de guerra.
A los miles de víctimas que dejaron las organizaciones terroristas financiadas, entrenadas y alentadas desde la isla.
A tantos y tantos fallecidos por desnutrición o por la ausencia de cuidados médicos básicos.
A las jineteras y menores víctimas de la oleada de turismo sexual con la que trataron de salvar la revolución.
A los condenados a vivir en extrema pobreza mientras las élites engrosan fortunas en el exterior.
A los venezolanos, nicaragüenses, colombianos o bolivianos que sufrieron el internacionalismo revolucionario con sello castrista.
Y a tantas y tantas víctimas olvidadas que tendrán que sufrir una vez más los homenajes al gran verdugo.
Con Fidel Castro también Memoria, Dignidad y Justicia ante las narrativas totales.
El día que ‘Playboy’ desnudó a Fidel Castro
Cuba y la Noche
A cien años de su nacimiento, una relectura sin piedad de la entrevista que el barbudo nunca debió conceder
Valencia/El hombre que prohibió en su Isla toda revista con mujeres desnudas, el mismo que convirtió el pudor revolucionario en política de Estado, decidió en 1967 abrirle las puertas de su despacho –y de su ego– nada menos que a Playboy, la revista del conejito. Y a Hugh Hefner, sumo sacerdote del capitalismo hedonista, ese “enemigo de clase” con batín de seda que, según el catecismo habanero, encarnaba todo lo podrido del imperio yanqui.
Fidel, que llevaba años advirtiéndole al pueblo cubano sobre los peligros de la frivolidad burguesa, se sentó frente a un fotorreportero llamado Lee Lockwood y habló, habló, habló –porque hablar era, como bien anotó el propio Lockwood, su forma predilecta de no conversar– para una publicación que en su propio país estaba, por supuesto, terminantemente prohibida.
Lockwood tampoco le hizo el trabajo fácil. Le preguntó si había engañado a sus compatriotas al ocultar su comunismo hasta tener el poder bien afianzado. Le preguntó por la represión de los opositores. Le sacó el tema, incómodo como una piedra en el zapato, de la furia contra Jruschov por retirar los misiles sin consultarle, como quien le quita el juguete a un niño delante de las visitas. No fue, hay que decirlo, una entrevista de guante blanco. Pero tampoco hizo falta. Fidel, proxeneta de la pornomiseria, no necesitaba que lo trataran con delicadeza. Necesitaba una tribuna, y Playboy se la dio envuelta en papel satinado y perfumada en colonia erótica.
El hijo de Ángel Castro jamás regaló nada sin cobrar intereses, y entendió perfectamente el trueque. A cambio de un poco de escrutinio incómodo, se llevaba una audiencia que ni todos los discursos de la Plaza de la Revolución juntos podrían reunir: seis millones de estadounidenses cachondos. Terminó tan satisfecho que le mandó a Hefner una caja de puros con una nota manuscrita, agradeciéndole “las presiones, torturas y abusos” del interrogatorio, en el tono jocoso de quien cree que ha ganado la partida.
Pero la Historia, esa señora implacable, le añadiría una posdata que él jamás autorizó. Sus propias palabras, releídas hoy, lo desnudan mucho más de lo que logró la revista que se atribuía el oficio. Sesenta años después, algunas de las respuestas no han hecho más que pudrirse al sol, como esas frutas tropicales que tanto le gustaba usar de metáfora para describir el destino manifiesto de la revolución. Vale la pena, en su centenario, abrir el cajón y sacarlas a que las vea la luz.
El hijo de Ángel Castro jamás regaló nada sin cobrar intereses, y entendió perfectamente el trueque. A cambio de un poco de escrutinio incómodo, se llevaba una audiencia que ni todos los discursos de la Plaza de la Revolución juntos podrían reunir: seis millones de estadounidenses cachondos. Terminó tan satisfecho que le mandó a Hefner una caja de puros con una nota manuscrita, agradeciéndole “las presiones, torturas y abusos” del interrogatorio, en el tono jocoso de quien cree que ha ganado la partida.
Pero la Historia, esa señora implacable, le añadiría una posdata que él jamás autorizó. Sus propias palabras, releídas hoy, lo desnudan mucho más de lo que logró la revista que se atribuía el oficio. Sesenta años después, algunas de las respuestas no han hecho más que pudrirse al sol, como esas frutas tropicales que tanto le gustaba usar de metáfora para describir el destino manifiesto de la revolución. Vale la pena, en su centenario, abrir el cajón y sacarlas a que las vea la luz.
Lockwood le soltó en la cara esa imagen casi mesiánica que ya en 1967 empezaba a empapelar el país entero: el culto a la personalidad. Castro, por supuesto, lo negó todo con la fluidez de quien lleva ensayada la respuesta. “Una de las primeras leyes aprobadas por el Gobierno Revolucionario, por iniciativa mía, fue un edicto contra la erección de estatuas de cualquier líder vivo y la colocación de su fotografía en oficinas gubernamentales”, dijo sin pestañear. Lockwood le soltó en la cara esa imagen casi mesiánica que ya en 1967 empezaba a empapelar el país entero: el culto a la personalidad. Castro, por supuesto, lo negó todo con la fluidez de quien lleva ensayada la respuesta. “Una de las primeras leyes aprobadas por el Gobierno Revolucionario, por iniciativa mía, fue un edicto contra la erección de estatuas de cualquier líder vivo y la colocación de su fotografía en oficinas gubernamentales”, dijo sin pestañear.
Acto seguido intentó explicar que las fotos que había “en muchos hogares, escuelas y sitios públicos” surgían “de manera absolutamente espontánea”, tomadas de revistas o compradas en la calle, y que no existía “ninguna iniciativa oficial”. Millones de retratos suyos habían brotado por generación espontánea sobre las paredes de Cuba. El Estado no tenía nada que ver. El culto a Fidel era un fenómeno tan natural como la fotosíntesis. Acto seguido intentó explicar que las fotos que había “en muchos hogares, escuelas y sitios públicos” surgían “de manera absolutamente espontánea”, tomadas de revistas o compradas en la calle, y que no existía “ninguna iniciativa oficial”. Millones de retratos suyos habían brotado por generación espontánea sobre las paredes de Cuba. El Estado no tenía nada que ver. El culto a Fidel era un fenómeno tan natural como la fotosíntesis.
Preguntado por la persecución a los homosexuales, Castro sostuvo que nada le impedía a un homosexual profesar la ideología revolucionaria y exhibir, en consecuencia, una “posición política correcta”. Pero inmediatamente cerró la puerta que acababa de entreabrir: aclaró que jamás podrían llegar a considerar a un homosexual como un verdadero revolucionario o un verdadero militante comunista, porque esa “desviación” chocaba con el concepto que tenía de lo que debía ser un militante.
La revolución, que se vendía a sí misma como la redención del hombre nuevo, resultó exigir también un cuerpo nuevo, uno sin desviaciones, y a quienes no calzaban en el molde los mandó, poco después, a campos de trabajo forzado disfrazados de reeducación ideológica. Casi cuarenta años más tarde, ya sin Playboy ni Lockwood delante, el propio Castro admitiría ante otro periodista que aquello había sido “una gran injusticia”, aunque se cuidó de repartir la responsabilidad entre “nosotros” para no cargar él solo con el peso del despropósito.
Preguntado por la persecución a los homosexuales, Castro sostuvo que nada le impedía a un homosexual profesar la ideología revolucionaria y exhibir, en consecuencia, una “posición política correcta”. Pero inmediatamente cerró la puerta que acababa de entreabrir: aclaró que jamás podrían llegar a considerar a un homosexual como un verdadero revolucionario o un verdadero militante comunista, porque esa “desviación” chocaba con el concepto que tenía de lo que debía ser un militante.
La revolución, que se vendía a sí misma como la redención del hombre nuevo, resultó exigir también un cuerpo nuevo, uno sin desviaciones, y a quienes no calzaban en el molde los mandó, poco después, a campos de trabajo forzado disfrazados de reeducación ideológica. Casi cuarenta años más tarde, ya sin Playboy ni Lockwood delante, el propio Castro admitiría ante otro periodista que aquello había sido “una gran injusticia”, aunque se cuidó de repartir la responsabilidad entre “nosotros” para no cargar él solo con el peso del despropósito.
“¿Cuántos presos políticos mantienen ustedes en este momento?”, preguntó Lockwood. Castro respondió: “Aunque normalmente no damos esta clase de información, voy a hacer una excepción con usted. Creo que debe haber aproximadamente 20.000”. Tampoco era cierto. Investigaciones posteriores y estimaciones publicadas ya en aquella época situaban la cifra muy por encima. Incluso Time hablaba de alrededor de 50.000 presos en todo el país apenas dos años antes.“¿Cuántos presos políticos mantienen ustedes en este momento?”, preguntó Lockwood. Castro respondió: “Aunque normalmente no damos esta clase de información, voy a hacer una excepción con usted. Creo que debe haber aproximadamente 20.000”. Tampoco era cierto. Investigaciones posteriores y estimaciones publicadas ya en aquella época situaban la cifra muy por encima. Incluso Time hablaba de alrededor de 50.000 presos en todo el país apenas dos años antes.
Ningún tirano latinoamericano entendió tan bien como él que gobernar no era solo controlar el territorio, sino controlar el relato del territorio. Y que ese relato podía venderse, con la misma sonrisa, tanto a un comisario soviético como a un editor de Playboy. Este 13 de agosto, de “manera espontánea”, los niños –miembros obligatorios de la Organización de Pioneros José Martí– han hecho cien piñatas para honrar su memoria. En los adornos sobresalen imágenes de Mickey Mouse y de otros personajes de la industria de cine de EE UU. Qué mejor ironía que esa estampa “yankófila” para homenajear al barbudo. Ningún tirano latinoamericano entendió tan bien como él que gobernar no era solo controlar el territorio, sino controlar el relato del territorio. Y que ese relato podía venderse, con la misma sonrisa, tanto a un comisario soviético como a un editor de Playboy. Este 13 de agosto, de “manera espontánea”, los niños –miembros obligatorios de la Organización de Pioneros José Martí– han hecho cien piñatas para honrar su memoria. En los adornos sobresalen imágenes de Mickey Mouse y de otros personajes de la industria de cine de EE UU. Qué mejor ironía que esa estampa “yankófila” para homenajear al barbudo.
https://www.14ymedio.com/opinion/dia-playboy-desnudo-fidel-castro_1_1129760.html
Olvídense del centenario de Fidel Castro. Celebren, en cambio, el de Celia Cruz.
Por John Suarez
Fidel Castro nació en Birán, Cuba, el 13 de agosto de 1926. A medida que se acerca el centenario de su nacimiento, sus apologistas están reciclando mentiras y mitos para ensalzar su régimen dictatorial. El verdadero historial es uno de represión sistemática, ruina económica y decenas de miles de cubanos muertos.
Demasiadas personas lo han convertido en el rostro de Cuba. Esto es un error.
Celia Cruz, nacida en La Habana, Cuba, el 21 de octubre de 1925, ofrece una alternativa mucho mejor. Celia, una artista icónica, encarnó una cubanía sin complejos: orgullo, ritmo, rechazo al racismo y autonomía personal.
La voz de Celia llegó al mundo; la de Fidel silenció a miles.
Su centenario en 2025 dio lugar a homenajes y nuevas interpretaciones de sus canciones. El de Castro traerá propaganda estatal que todavía exige lealtad mientras los cubanos lo arriesgan todo para marcharse.
Millones de integrantes de la diáspora cubana lo saben mejor que nadie. Debemos rechazar el intento de rehabilitar a un déspota y honrar, en cambio, a Celia Cruz, una gran artista cubana.
El ascenso de Castro combinó el teatro revolucionario con un oportunismo despiadado. Tras tomar el poder en 1959, comenzaron a operar los pelotones de fusilamiento en La Cabaña bajo el mando del Che Guevara. Los juicios duraban minutos; las apelaciones eran denegadas. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos documentó disparos contra cubanos de zonas rurales durante el toque de queda, el ametrallamiento de solicitantes de asilo dentro de embajadas extranjeras y la extracción de sangre de los condenados antes de su ejecución. El libro negro del comunismo estima que entre 15.000 y 17.000 personas fueron fusiladas entre 1959 y finales de la década de 1990.
El minucioso estudio del historiador R. J. Rummel sobre el democidio —el asesinato de personas por su propio gobierno— arrojó una estimación mediana de 73.000 muertes bajo la dictadura de Fidel Castro. La cifra mediana de 73.000 constituye un estimado conservador. Este total incluye ejecuciones, muertes en prisiones políticas y dependencias de la Seguridad del Estado, asesinatos de rebeldes del Escambray y las numerosas personas que se ahogaron o fueron abatidas a tiros mientras huían por mar.
El alzamiento del Escambray (1959-1966) fue aplastado por Castro con asesores soviéticos, el traslado forzoso masivo de cubanos de zonas rurales a campamentos y la muerte de miles de personas calificadas de “bandidos”.
Los vecinos se convirtieron en informantes a través de los Comités de Defensa de la Revolución. Abandonar la isla era tratado como traición.
Los balseros se enfrentaban a francotiradores, granadas y minas; los estimados sobre quienes murieron intentando escapar ascienden a decenas de miles. Las prisiones políticas albergaron a decenas de miles de personas a lo largo de las décadas. Después de las protestas de 2021, cientos más fueron detenidos arbitrariamente.
Antes de 1959, Cuba figuraba entre los países líderes de América Latina en PIB per cápita, alfabetización y mortalidad infantil. La planificación centralizada de Castro produjo una escasez permanente, un sistema de doble moneda que afianzó la desigualdad y una dependencia de los subsidios soviéticos cuyo colapso desembocó en el hambre del Período Especial. Los mejores talentos huyeron. Quienes se quedaron vivieron bajo un Estado policial más exhaustivo y duradero que la dictadura a la que sustituyó.
El poder pasó dinásticamente a su hermano Raúl en 2006.
Cada fracaso fue atribuido al “bloqueo”, mientras la élite vivía bien.
Celia Cruz es la antítesis del dictador cubano, y pagó un alto precio por su integridad.
Ya era una estrella con la Sonora Matancera cuando se negó a rendir pleitesía al nuevo hombre fuerte. Cuando Fidel Castro se apareció en una actuación de Celia en 1960, ella dijo que la habían contratado para cantar junto al piano y que él podía acercarse a ella si quería estar más cerca de ella. Salió de Cuba en julio de ese año para seguir siendo una artista libre.
El régimen le impidió ver a su madre moribunda en 1962 y asistir al funeral. Su música fue prohibida en la isla durante el resto de su vida y continúa en gran medida prohibida hoy. En 1990 actuó únicamente en territorio bajo control estadounidense en Guantánamo y recogió tierra cubana que posteriormente fue colocada en su tumba.
El gobierno de Castro clausuró las sociedades negras independientes, declaró que el racismo estaba “resuelto” y castigó a quienes señalaban lo contrario. La pobreza y el encarcelamiento siguen afectando con mayor dureza a los cubanos negros.
Celia Cruz dijo una vez: “Perdonar no es olvidar. Perdonar es recordar sin dolor”. La verdad y la memoria son esenciales para la reconciliación nacional. La Reina de la Salsa comprendió plenamente esto, junto con la indispensable exigencia de justicia. “Los presos políticos son héroes. Ellos son quienes verdaderamente luchan por una Cuba libre”, declaró en 2003.
Las personas de buena voluntad deberían conmemorar este centenario rechazando cualquier intento de rehabilitar al dictador y celebrando, en cambio, a la artista que se negó a doblegarse. Honren a Celia Cruz. Olvídense de Fidel.
John Suarez es activista de derechos humanos, director ejecutivo del Center for a Free Cuba y ex oficial de programas para América Latina de Freedom House.
Periódico Cubano, 9 de agosto de 2026
El poder sin límites: la personalidad que condujo a Cuba al desastre
Fidel Castro, cuando el culto al líder sustituyó a las instituciones
No todos los desastres nacionales nacen únicamente de una ideología equivocada. En muchas ocasiones, son también consecuencia de una personalidad política incapaz de aceptar límites, de reconocer errores y de someter su voluntad al funcionamiento normal de las instituciones.
La historia demuestra que cuando un hombre concentra durante demasiado tiempo todo el poder, termina convencido de que es indispensable, infalible y superior a cualquier estructura institucional. En Cuba, Fidel Castro representó con una intensidad extraordinaria ese fenómeno de concentración absoluta del poder.
No corresponde realizar un diagnóstico médico de una figura histórica ya desaparecida. Lo que sí corresponde es analizar su conducta política, sus decisiones y la forma en que ejerció el poder durante más de cinco décadas.
El culto a la personalidad de Fidel Castro en Cuba
Fidel Castro gobernó bajo la convicción de que solo él podía interpretar y decidir el destino de la nación. Ministros, jueces, dirigentes políticos y mandos militares quedaron subordinados a su voluntad personal. La República dejó de funcionar bajo el equilibrio de instituciones independientes y terminó dependiendo del criterio de un solo hombre.
Un antiguo aforismo atribuido a Séneca afirma que quien pretende estar en todas partes termina por no estar realmente en ninguna. Fidel Castro siguió el camino contrario: quiso intervenir en todo. Ninguna esfera importante de la vida nacional escapaba a su control.
La economía, la agricultura, la educación, la cultura, las relaciones internacionales y hasta los detalles más específicos de la administración pública pasaban por su decisión final.
La ruptura con el principal mercado económico del país, las confiscaciones sin una planificación adecuada, la dependencia de la Unión Soviética y, posteriormente, la utilización de recursos nacionales en conflictos militares internacionales fueron decisiones tomadas desde una visión centralizada donde predominaba la voluntad del líder.
Mientras se proyectaba una imagen de potencia revolucionaria en el exterior, dentro de Cuba aumentaban las dificultades económicas y sociales. El interés nacional quedó subordinado a un proyecto político definido desde la cima del poder.
La personalidad del dirigente terminó imponiéndose sobre las necesidades reales del país. Fidel Castro gobernó como si la nación y el Estado fueran inseparables de su propia figura. La famosa expresión atribuida a Luis XIV, “El Estado soy yo”, encontró una semejanza inquietante en un sistema donde las instituciones carecían de autonomía y los contrapesos al poder prácticamente desaparecieron.
Pero la historia también debe analizar la responsabilidad colectiva. Durante décadas, millones de cubanos aceptaron, apoyaron o guardaron silencio ante decisiones que en una sociedad abierta habrían provocado fuertes cuestionamientos.
El miedo explica una parte de ese silencio; la propaganda y el control político explican otra. Sin embargo, todo análisis histórico serio debe reconocer que la pasividad social permitió también la permanencia de un poder absoluto durante generaciones.El miedo explica una parte de ese silencio; la propaganda y el control político explican otra. Sin embargo, todo análisis histórico serio debe reconocer que la pasividad social permitió también la permanencia de un poder absoluto durante generaciones.
La causa de la destrucción de Cuba
Los resultados de ese modelo son visibles: una economía debilitada, una agricultura incapaz de satisfacer las necesidades básicas, una industria deteriorada, una emigración masiva y varias generaciones obligadas a sobrevivir entre carencias, dependencia y falta de oportunidades.
Ningún discurso político puede borrar las consecuencias de esas decisiones. El mayor error de Fidel Castro no fue solamente la elección de un modelo económico y político que condujo al fracaso. Fue asumir que él mismo representaba el destino de Cuba, que su pensamiento estaba por encima de las instituciones y que la nación podía confundirse con la voluntad de un individuo.
La historia cubana ofrece una lección universal: ningún hombre, por carismático o poderoso que sea, puede sustituir a las instituciones de una República.
Cuando el poder pierde sus límites, pierde también la capacidad de corregirse. Y cuando una nación queda sometida durante décadas a la voluntad de un solo gobernante, el desastre deja de ser una posibilidad y termina convirtiéndose en una consecuencia inevitable.Cuando el poder pierde sus límites, pierde también la capacidad de corregirse. Y cuando una nación queda sometida durante décadas a la voluntad de un solo gobernante, el desastre deja de ser una posibilidad y termina convirtiéndose en una consecuencia inevitable.https://www.periodicocubano.com/el-poder-sin-limites-la-personalidad-que-condujo-a-cuba-al-desastre/

