Chicago Tribune| 24 Octubre de 1999
Por Frank Calzón
Según el gobernador George Ryan, su visita a Cuba tiene que ver con su deseo de ayudar a los cubanos y de explorar la posibilidad de oportunidades comerciales para las empresas de su estado, Illinois.
Fidel Castro se comportará como el anfitrión perfecto: amable y locuaz. Castro le hablará a Ryan sobre la economía cubana, sobre las oportunidades únicas de inversión en la isla, y sobre sus muchos logros en cuarenta años al mando. Si bien Castro culpará, sin duda, a los Estados Unidos por todos los problemas de Cuba, y presentará una imagen idílica de su revolución, no sería una transgresión protocolar por parte del gobernador Ryan hacerle a Castro unas cuantas preguntas.
Como por ejemplo: el gobernador Ryan puede preguntar cuándo se levantará la prohibición oficial que impide que los cubanos puedan disfrutar de los mismos hoteles y restaurantes que él y su comitiva van a disfrutar. Ryan también puede preguntar para qué fecha podrán los cubanos hablar libremente y expresar sus opiniones sobre las condiciones del país con sus vecinos, compañeros de escuela, de trabajo… y ¿por qué no? también con los funcionarios del gobierno.
Si a los cubanos les fuera permitido dialogar con Castro sin miedo a represalias; si las madres de los presos políticos pudiesen entrevistarse con las autoridades; si los periodistas cubanos tuviesen la oportunidad de cuestionar la política oficial como se hace en la prensa norteamericana… ¿Qué preguntarían los cubanos?
Probablemente preguntarían que por qué, a pesar de las peticiones del Papa Juan Pablo II, la Iglesia cubana, y muchos países, Castro no ha puesto en libertad a sus prisioneros políticos. De seguro, los cubanos preguntarían por aquellos cubanos que Amnistía Internacional ha declarado Prisioneros de Conciencia, como Marta Beatriz Roque, Félix Bonne, Vladimiro Roca y René Gómez Manzano. Los cuatro cumplen diversas sentencias por la osadía de escribir un documento titulado “La Patria es de todos” donde se plantea con gran cordura que debe realizarse un diálogo nacional para la transición hacia la democracia. Sería apropiado instar al presidente cubano a que responda la acusación de Amnistía Internacional sobre cómo a los presos políticos se les retiene las medicinas como castigo.
Pero los cubanos no van a recibir respuesta alguna de un gobierno que en el fondo desprecia a la ciudadanía. Castro afirma que todos los cubanos son iguales, pero como bien señaló George Orwell, hay gente que es “más igual” que otra en los regímenes totalitarios. La nomenclatura cubana, los miembros del Partido Comunista, y los oficiales de Seguridad del Estado gozan de un nivel de vida muy superior al del cubano promedio. Obras como “La granja” del propio Orwell, que señalan las injusticias de los sistemas como el cubano, se consideran subversivas y están prohibidas por el gobierno.
Después de cuarenta años de socialismo, a Castro se le ha ocurrido implementar un sistema degradante de apartheid turístico que le prohibe a los cubanos entrar en los hoteles, playas, tiendas, restaurantes y -lo que es más grave- en los hospitales designados sólo para extrajeros. El régimen afirma que el embargo norteamericano hace imposible que se puedan ofrecer estos servicios al pueblo. Tales impugnaciones no son ni remotamente creíbles, ya que Servimed, la agencia oficial cubana responsable de promover el “turismo de salud”, no carece del más mínimo recurso a diez años del colapso de los subsidios soviéticos a Cuba.
Según la guía turística francesa Ulysee, “los mejores hospitales y clínicas están disponibles al turista; se paga en dólares y el servicio médico es excelente y rápido”. ¡Si tan solo el cubano tuviera la suerte de recibir una atención parecida!
Castro responsabiliza al embargo por el racionamiento. Pero Cuba es una isla tropical de suelo fértil y abundante lluvia, rodeada de un mar privilegiado. Sin embargo, el racionamiento de comestibles sigue en pie, incluyendo productos autóctonos como el mango, los plátanos, los vegetales y el pescado. Para los polacos, checos y rusos, ésta es una situación muy familiar; pero al menos ellos tuvieron la suerte de que la carestía cesara rápidamente al colapso del comunismo que puso fin a la tradicional ineficiencia de su política agrícola.
Mientras Cuba fue parte de la esfera soviética, recibió más asistencia de la antigua URSS – y por más tiempo-, que la mayoría de los países de Europa Occidental durante el Plan Marshall que se implementó al final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ahora que el régimen comunista todavía ocupa el poder, a los cubanos le gustaría saber a dónde fueron a parar los miles de millones de dólares en subsidios soviéticos que Cuba recibió durante tres décadas.
¿Y qué de los derechos laborales? ¿Por qué se le permite a una compañía extranjera invertir en Cuba, cuando a los propios cubanos no se les permite la gestión empresarial privada? Por ejemplo, el gobierno multa y clausura los “paladares” – los pequeños restaurantes en casas particulares – si acomodan a más de doce personas. Alguna gente en Illinois podrá pensar que el impacto del comercio y del contacto personal ha de ser favorable. Pero lo cierto es que a las compañías extranjeras les ha interesado promover la justicia y la libertad en Cuba lo mismo que a sus contrapartes americanas durante la dictadura de Fulgencio Batista. A éstos, al igual que a aquéllos, les importa un bledo.
Por ejemplo, la compañía Sheritt, el conglomerado minero canadiense, le paga a Castro $9,500 dólares al año por cada trabajador que emplea. El trabajador recibe del gobierno un salario en pesos cubanos que equivale a entre $20 y $38 dólares mensuales. ¿Le preguntará el gobernador Ryan a Castro que le explique qué le sucedería a un obrero cubano que se atreva a proponer un sindicato independiente? ¿O qué le sucedería a los trabajadores que protesten por los daños al medioambiente causados por las prácticas del “capitalismo salvaje” de los inversionistas que operan sin los controles de un estado de derecho o la vigilancia de una prensa independiente? No, el gobernador Ryan probablemente no se lo preguntará.
El gobernador Ryan también puede indagar sobre el uso del electroshock y el internamiento obligado en los manicomios de Cuba de disidentes políticos que están perfectamente cuerdos, una práctica importada durante el largo período de relaciones con los soviéticos. Como bien ha dicho Vladimir Bukovsky, el célebre activista ruso de derechos humanos: “En el transcurso de una sola generación, Cuba pasó de la etapa de ‘justicia revolucionaria’ a la de ‘legado socialista’; de la práctica de liquidar a los ‘enemigos de clase’ a la de ‘re-educación política’ y ‘tratamiento siquiátrico con los apáticos al socialismo’”.
Hay otras preguntas que los invitados de Illinois no le harán a Castro, su anfitrión. Puede que vivan demasiado lejos de Cuba para entender su verdadera tragedia. Pero los cubanos se acordarán de todo. Los cubanos se acordarán de aquéllos que explotaron su miseria. Y si por casualidad a alquien se le ocurre preguntarle a Castro sobre su responsabilidad por las actuales condiciones que padece su país, los cubanos se acordarán siempre de aquéllos que hicieron las preguntas que el propio pueblo no podía pronunciar.

